aerètE

Feb 11

Fleur de la ville rose

Violeta fueras en la ciudad rosa,
entre sauces y rosas confinada.
Llaga eterna, prisión perfumada.

Alhelíes y claveles,
azucenas y campanas,
arco iris colorido ensombreciendo la hojarasca.

Mas la flor por excelencia,
que el Garonne nos regala,
es la triste violeta en su ribera varada.

Tanto color no se ha visto,
aun buscándolo en Bloemenmarkt
o en la fiesta de Hanami.

¿A dónde van tus pasos?
¿Dónde te llevan, triste flor?
A donde el camino muera, cuando se acabe el amor.


Jan 9

El adiós de Amanda

Recibí la llamada que menos esperaba. Acudí con trémulo pálpito, con nudo axfisiante. Como las ruedas del coche fúnebre que va al camposanto.

“Solo puede quedar una” decía; y siempre creí que ella sería. La de ojos de hielo, de tristeza infinita. La de frases cortantes y sarcástica vida. Mujer con mas fuerza que vaga poesía, predicaba el ejemplo de conservar la sonrisa.

El vientre convulso, el dedo en la boca, el silencio en la noche, la mentira ilusoria. Las venas hinchadas y el alma marcada. El deseo de olvido, el pasado omitido, la vergüenza y la culpa de haber sucumbido. El llanto y la pena, la sangre y el filo, el pecado y su purga, la lujuria siniestra de un cáliz vertido… Así fue su vida, un sueño perdido.

Pronunció su legado, testamento y delirio, la certeza invisible del llanto cautivo, la emoción contenida en susurros de escaso sentido. Un corazón indomable que se queda dormido.

Eres tu la elegida, de entre siete princesas, la reina prometida. La que bajó a los infiernos y hallará la salida. Escudo y aliento ante tanta ignominia. De San Gabriel espada. Fuego y estigma. Si donde viven los muertos te viere, a puntapiés te devuelvo a la vida; que tus lágrimas regaron raíces, no por cientos sino miles, y la luz de tus entrañas fue el aceite en los candiles, en las noches de invierno y en los días felices.

Claudico en esta lucha, hace tanto ya perdida. Cruel ironía, …quise ser la flor y fui la fruta podrida. No es la muerte tan horrible, si tanto se teme a la vida. Al flujo del destino pues, abandono la partida. En tus manos deposito la esperanza perdida, la responsabilidad de ser palabra donde quiera ser oída. De luchar por dar sentido a tanta inocencia perdida, por los ojos que sin brillo me esperan en la otra orilla y el llanto desolado de los que siguen esperando la luz que en sus sueños siempre brilla.


La rosa incolora

Tu siempre me habías estado observando sin yo darme cuenta. Siempre en segundo término, desde el fondo de la estancia o en el recodo del jardín.

Habías visto mi decadencia, mi extrema necesidad, el yugo opresor, los grilletes en mis piernas. No era yo más que un pajarillo herido y asustado, enterrado entre barrotes de negra forja, aunque más oscura sombra era la de mi corazón.

Gélidos tus ojos grises vieron mas allá de lo evidente y del misterio. Viste lucha, dolor y miedo, manteniendolo en silencio, oculto el dedo acusador. Viste nítida la función y esperaste a que actuara.

Así fue que me moría cuando te vi llegar y en tus brazos dejé de ver el sol, con la estúpida sonrisa del que deja en la vida el dolor y olvida los recuerdos.

Nada recuerdo del como, pero un día, desperté al horror de seguir viva, al infierno que era yo y apareciose tu figura en el umbral de la habitación con una rosa herida y un silencio atronador.

Doblemente roja, la flor sobre la que yací, con la savia de mis venas como manchas de carmín, reposaba entre mis dedos, como ofrenda a la mujer que nunca fui.

Siguieron días confusos, con encuentros furtivos, manos temblorosas y cómplices miradas. Ocultos del mundo, en tan lúgubre morada, donde el pasado es presente y el futuro la nada; rodeados de quienes mantienen ilusiones en un mundo carente de esperanza.

Ni romántico ni suave, en aquel cuartucho olvidado, fue el momento en que me amaste. La necesidad de cariño era apremiante. Sentir en los dedos lo que el alma sintió antes.

Ni tan llena ni en tal calma me hizo sentir jamás otro amante, a pesar de los años, a pesar de los pesares. En tus ojos y en tus manos pude ver los siete mares, caminar sobre los cielos y olvidar las tempestades. Me convertiste en la princesa de un cuento inolvidable, en un cuarto de fregonas y sin trucos malabares. Tan natural como juntar una fruta, dividida en dos mitades.

Aquellos ojos grises puedo verlos aun gritar, el momento en que nos apartaron es una llaga sin cerrar.

Nunca supe tu nombre, ni lo sabré jamás. Hablando distinta lengua era inútil conversar. La única voz que utilizamos fue la de amarnos sin hablar.

Mi angel caído de ojos tristes, donde quiera que tu estés, un pedazo de mi alma, lo tienes a tus pies. De ti yo conservo el aroma, el sabor de la ilusión y una rosa ensangrentada, seca y sin color.


Mi loco infeliz

Atravesé el jardín, oval, melancólico, siniestro; con el anhelo de poner distancia entre la gris mansión y mi maltrecha figura. Huyendo hacia ningún lugar, ya que de mi misma no podía escapar.


Entre mis dedos preciado tesoro, objeto vulgar, la llave a un mundo nuevo al otro lado de la obscuridad. Tan solo un pedazo de metal.

No vi los rayos de sol atravesando la niebla, los gritos alrededor nunca pude escuchar, no existía el tiempo ni el lugar. Grave destino se debía ejecutar.

Corte limpio y sin dudas y la sangre comenzó a manar, sobre la hojarasca donde mis pecados debían expiar y expirar mi tormento.

Desdibujado el mundo a mi alrededor en el suelo me hallé, abierta la herida, cerrada la flor donde el rocío otrora resbalara.

Atrapada en el ensueño vi su mano tapar mi herida, pero no la sentí. Se cruzaron nuestras miradas, mas no las palabras. En sus brazos me desvanecí.

Al despertarme te busqué, pero no estabas. Sí estaba tu olor y tus ojos a fuego en mi alma. Cuando te volví a ver supe que eras tu, mi loco infeliz, mi angel siniestro.


El lugar donde no te hallaré

Abrí los ojos y estabas allí. Con una lágrima y un beso, tus dedos en mi pelo y una sonrisa para mi.

Te juré amor eterno. Mi vida te entregué, pues volví del mismo infierno en cuanto tu llamada escuché.

Seiscientos veinte días, curaste mis heridas; de tu cáliz fui vendimia, y de tu cosecha flor.

Fueron tiempos tan felices, tan llenos de matices y sanaron tanto cicatrices como el cantar de un ruiseñor.

Pues ocurrió que fui consciente, un mal día, de mi error: feliz jamás, completamente, te podría hacer mi amor.

Te vi partir de mi lado, como un marino a su bajel. Con la mentira en mis labios, de mi puerto te arrojé.

Llanto amargo y triste, a éste igual no existe; pues la flor que un día me diste, jamás se marchitó.

No maldigo mi condena, porque a pesar de mi pena, mi alma encerré en la alacena, por hacerte a ti feliz.

Lo que maldigo una y milenta, lo que tanto me atormenta, es el momento de morirme, y que al cerrar los ojos, no estarás allí.


Prisionera

Una mansión gris, en la densa niebla perdida. Oval jardín de melancólica tristeza angelical.
Yerma alcoba llena de ansiedad. El catre y sus grilletes: Mi cruz, mi sudario, mi altar.

Una sombra en la noche. El miedo y el dolor. El aliento de la muerte fue un deseo libertador. Una luz en las tinieblas, finalmente me llamó.

Muerta viviente pugnaba, por mis cadenas romper. Así sé lo que un muerto sufre, si pretende a la vida volver.

Completado ya el proceso de mi descomposición, abrióse aquella verja, chirriante, negra y vieja, permitiendo salida a mis restos en pos de la inhumación.

Prisión que me acompañas en tan larga cuenta atrás, aun lejos de tus muros, tu prisionera soy en sueños y si despierto, mucho más.


Así es como soy

Etérea, como la pluma de un polluelo que cae perezosa desde el nido. Como volutas de humo de un fuego que se extingue. Como el último aliento del viejo que expira.

Así es como soy. Yo, pero etérea.

Inocente, pese a los años de lucha. Pese a lo inocente de la lucha.

Sola, rodeada de tanta gente. De ojos que re miran sin ver o ven lo que no miran. De ojos que reflejan la crueldad, el desconocimiento, el asco, el miedo… Inestable como un lecho de paja, allá donde no crece hierba alguna. Fruto del veneno de una sociedad enferma donde la muerte es una liberación.

Así es como soy. Etérea, pero YO.


Lluvia

Lluvia en el cristal. Vaho que se asemeja a la densa niebla externa y finas gotas de agua. El suave rumor del constante repiqueteo distante. Las amortiguadas luces de la calle produciendo un tenue resplandor en la estancia. Y tus ojos en la noche.

Miro alrededor y siento el vacío. La soledad. El dolor.

Una lágrima derramada, un sollozo. Llanto por los besos que nunca existieron y las palabras que nunca fueron pronunciadas.

Atenazada por la certeza de que nada llenará el vacío que dejas en mi ser intento asumir, trato de comprender y no puedo. Solo se que no te tengo y que nada más importa. Solo tu, mi soledad y la lluvia en el cristal.